Archivo mensual: febrero 2017


Cuando llegué a Barcelona me sorprendió el descaro con el que la gente te mira por la calle. Me sentía observada y a veces hasta intimidada por las miradas que se clavaban en mí. Salía muy discreta a la calle y no entendía a qué se debía. Me miraba la camisa por si se trataba de un lamparón, o los pantalones por si los llevaba desabrochados. Era un pelín patético. Me sentía incómoda.

Pero es que la cosa no mejoró. Todo lo contrario, empece a oír piropos. Estaba tan sorprendida que se lo comenté a una amiga que vivió un tiempo en San Diego (California) y, aunque no os lo crearías, los barceloneses y los de San Diego tenéis mucho en común en cuanto a vuestro comportamiento. Una posible justificación, que me señaló mi amiga, es que en las grandes ciudades cuando ves a alguien tal vez sea la única vez que te la cruces y si no le dices algo no tendrás nunca la oportunidad de decírselo. Para mí esta reflexión fue suficiente para poder salir a la calle sin desconfianza y empezar a disfrutar con los piropos y de situaciones a veces de lo más sorprendentes y cómicas.

Un día al ir a cruzar la Diagonal, a la altura de Balmes, un coche se paró y su conductor salió corriendo dirigiéndose hacia mí, dejando el coche abandonado en medio de la carretera. Yo me quedé paralizada y él me dijo, con cara de desesperación: “Si no te vienes a tomar un café conmigo ahora mismo todos esos (señalando a los coches que formaban un colapso monumental por su culpa) me matan”.
Otro día, de paseo por la Rambla Catalunya, cuando me paré en un semáforo un señor de muy buen ver se puso a mi lado y me dijo: “Tu sonrisa ilumina toda la rambla”. A los dos días, en una cafetería del centro, un caballero se acercó a mí y me dijo: “Llevo siguiendo tu rastro kilómetros de vida”.

Pero la situación que se lleva la palma de oro fue la de un ciclista que se distrajo, pegándome un repaso con la mirada, y se pegó un golpe increíble contra un poste.

Así que sí; Barcelona está loca, pero es una locura fresca, divertida y que alegra el día.
Hay mujeres que consideran los piropos como algo machista, como una licencia que los hombres se toman sin tener en cuenta que pueden violentar u ofender a la dama a la que se los dirigen. Cierto es que la actitud de la receptora también es muy importante. El respeto al otro y el no hablar con desconocidos se puede quebrar dirigiendo la palabra a alguien que no quiere tus palabras. Pero al vivir en sociedad, al compartir el espacio público, también las mujeres podemos comprender y tomarnos a bien unas palabras bonitas. Otras se las tomarán a mal, están en su derecho. A mí me costó sentirme a gusto con esta situación pero ahora la disfruto.
En el Paseo de San Joan andaban poniendo adoquines nuevos en la acera y un obrero me dijo: “Cómo no vamos a estar aquí cambiando el suelo recién puesto si a tu paso lo levantas todo” Ese obrero se ganó una sonrisa.
No es claudicar, solo es escuchar lo mismo de diferente forma.

Si te sientes acosada no dudes en denunciarlo. Existe un sitio web dedicado a localizar de manera colectiva el acoso callejero en Barcelona (http://barcelona.ihollaback.org/)