Archivo mensual: julio 2013

No tengo tatuajes, ninguno. Por educación, cultura y tradición no me hice ninguno de joven y con los años no vi ningún significado en hacérmelos. Sobre mi piel no me gustan. Sobre la piel de otros algunos si me gustan.

Hay quien se los hace por simple estética, sin un significado más allá de la belleza que ven en ellos. Otros recuerdan un momento o dicen algo de con quién estás y otros cuentan historias. A mi me gustan los que cuentan historias. Mi hermano tiene uno que solo se ve cuando él quiere. Es de esos que cuentan una historia. Si ves a mi hermano “no le pega nada”. Es un hombre elegante, culto, con clase y de estilo conservador. Tal vez por eso me sorprendió mucho cuando me dijo que se lo había hecho. Él sigue siendo el mismo pero ese tatoo le ha ayudado a pasar página y a recordar con nostalgia positiva un hecho que marcó su vida. Ese tatoo es una marca del tiempo.
 Yo también tengo huellas del tiempo, son las naturales. Los años pasan y el tiempo ha sido generoso conmigo, pero mi cuerpo también cuenta historias. Esa marca en la rodilla recuerda la niña activa que se convirtió en una mujer deportista. Esa cicatriz me recuerda algo que fue grave en su momento pero de lo que ahora solo queda una cicatriz difusa, casi  inapreciable y hasta sexy. Cada arruga de mi cara es una vivencia que no quiero olvidar.
Mi cuerpo es el templo donde habita mi espíritu y lo cuido. Mi cuerpo guarda con celo lo más valioso que tengo, mi alma.

El verano y el calor expone mi cuerpo al sol.
Lo prometido es deuda.Aquí tenéis las fotos hechas por otras manos distintas a las mías.


¿Cómo te gustan los hombres? Me gustan los hombres. Una pregunta sencilla a la que respondo con sinceridad.

… Y si son maduros mejor.
 No es algo nuevo, me ha pasado desde pequeña.
 Recuerdo cuando el padre de una amiga me subía a su coche. Yo me ponía nerviosa, se me cortaba la voz y sudaba. No tenía más de 10 años. Con el tiempo descubrí que, en mi inocencia, aquel hombre lo que producía en mi era atracción. Todo mi respeto hacia él que siempre me trató como lo que era: una niña amiga de su hija.
De pequeña cría que los niños eran tontos. Cuando fui creciendo me di cuenta que “no todos” lo eran y empecé a tener buenos amigos. Pero no me atraían. Me fijaba más en sus hermanos mayores o en sus padres. Me eduqué en un ambiente muy conservador y la discreción formaba parte del saber estar. Por eso esta atracción hacia los hombres maduros nunca fue un problema. Fui de esas que perdió la virginidad tarde (¡ahora sería tardísimo!) pero en mi entorno era algo normal. Mi primera pareja me llevaba 22 años. De él aprendí mucho y todavía le guardo gran admiración y estima. Me trataba como a una princesa, pero no como a una niña. Era un amante estupendo, cariñoso y muy activo. Luego llegaría el que se convertiría en mi marido durante tres años, que “sólo” me sacaba 18 años. Puedo afirmar que tiene un pacto con el diablo; era y sigue siendo increíblemente atractivo.Con él aprendí a distinguir entre hacer el amor y follar, ya que dependiendo del día y nuestro estado anímico hacíamos una otra cosa.
 Desde hace años he tenido amantes y sigo pensando que los mejores son los hombres maduros. Algún joven también ha caído entre mis piernas. Pero cuanto más guapos y más perfectos peores son en la cama. No todo está en tener una buena polla (que además no va unido a tener un buen físico) hay que saber usarla. Los hombres adultos saben besar, saben acariciar, saben follar. Y los que no, se dejan guiar. Con los jóvenes esto no suele pasar.
Yo me sigo quedando con los maduritos. Y si además son imperfectos mejor.